El gerundio de envejecer

El gerundio de envejecer.

 

-Entonces ¿Matías se llegó a enamorar de alguna de esas chicas o no?

-Que va hija- dijo Don Ricardo a Laura- él solo quería llevárselas al huerto, pero era menos listo de lo que se creía y al final eran ellas las que se llevaban el huerto. Ay, qué cabeza la suya, y eso que lo teníamos todo hija. Aquí donde me ves, yo era de los más ricos del pueblo. En tiempo de guerra, nosotros teníamos para comer sin apreturas, teníamos tierras y teníamos parné, si no hubiera sido por el cabeza de chorlito de mi hermano… Ay, que tenía la cabeza en los pies, le gustaban demasiado las mujeres, el juego y los bares. Mi hermano lo tenía todo…

Laura atendía a Don Ricardo, cómo si no hubiese escuchado esa misma historia todas las mañanas desde hacía dos años, atendía y preguntaba mientras le movilizaba las articulaciones. Para Don Ricardo cada mañana era nueva y esa historia, lo más interesante que íbamos a oír en todo el día.

 

No tenía otra historia que contar, era el único tema que trataba, el que le había marcado, posiblemente de lo único de lo que se acordaba.

Laura le prestaba la atención requerida para que el pobre Ricardo se sintiera importante, mientras Claudia, otra abuelilla de la residencia, estaba sentada en su silla de ruedas con el culo casi fuera de lo recostada que estaba, y se quejaba de que esta mañana su magdalena no tenía el azúcar tostado, que alguien debía de habérselo quitado.

-¿Tú te crees que quitarme el azúcar de la magdalena? ¿A quién se le ocurre? mira que hay que ser…

Le comentaba a Almudena que también esperaba su turno para la “gimnasia” como ellas llamaban a las sesiones de rehabilitación.

Almudena asentía sentada en una silla con su andador delante sin hacerle demasiado caso, tenía sueño y estaba a punto de apoyar la cabeza sobre el mismo para echar una cabezadita.

-Almudena no se me duerma mujer que enseguida le toca. – dijo Laura que estaba pendiente de todo.

Laura tan paciente y amable, sonreía y escuchaba a Ricardo aunque conociera la historia perfectamente, mientras de reojo vigilaba a Claudia y Almudena.

Se sabía los nombres de toda la familia del señor y la historia de locura y desenfreno de su hermano Matías que murió hace años de fallo hepático. Realmente, él no sabía muy bien porqué ella le movía los brazos, las piernas, ni porque de vez en cuando le obligaba a hacer ejercicios, pero le gustaban los paseos que daba con ella cogida del brazo por los jardines de aquel lugar. De eso si se acordaba.

Laura era  fisioterapeuta de una residencia de ancianos, una residencia bastante bien preparada y situada, con instalaciones y servicios para cubrir todas las necesidades. De ahí que no todas las familias se pudieran permitir llevar a sus mayores allí. Aunque Laura lo que no permitiría nunca era que sus familiares acabaran en ninguna residencia por muy exclusiva que fuera a menos que tuvieran necesidades que ella no pudiera atender.

Trabajar con personas mayores era su vocación, era gratificante para ella en la misma medida que aterrador. Implicaba relacionarse tan cercanamente a esas personas que las consideraba parte de su familia, en la mayoría de los casos, inmediatamente y en otros, por muy insoportables que fueran, en un par de semanas. Acababa cogiéndoles la medida todos. Todos ellos merecían su atención y cuidados sin excepción. La única y desoladora pega era el poquito tiempo que les quedaba a algunos. Aunque eso no le frenaba. Había llorado, sí, pero también había reído como una niña con ellos.

Una mañana, unos años atrás, Doña Dolores había llegado muy decaída al gimnasio, le habían dejado a la anciana en la puerta de la zona de rehabilitación en su silla de ruedas y cuando Laura salió a por ella, la delgadita anciana estaba cabizbaja.

-¿Qué le pasa Lola? La veo muy tristona – intentó animarla.

Doña Dolores levanto su cabecita a juego con su flacucho cuerpo y le sonrió.

-¿Me conoces hija?

-Pues claro Lola, todos los días viene usted a verme.

-Ah ¿sí?

-Claro, venga vamos para dentro, cuénteme ¿Qué le pasa?

-Estoy muy cansada – dijo Doña Dolores afligida- ¿Dónde me llevas?

-A hacer gimnasia Lola, como siempre ¿Cansada? ¿Por qué?

-Llevo toda la mañana en el campo, segando, con el hatillo de leña en las costillas.

-Madre mía Lola ¿sí? Pero ¿había desayunado?

-Un trocito de pan duro, tengo más hambre que el perro de un ciego.

Laura no podía más que reír ante aquella ocurrencia, Dolores siempre inventaba historias así. Luisa que la conocía y también estaba esperando su turno para practicar la marcha con la prótesis de rodilla que llevaba se rió bien alto y dijo.

-Y la silla de ruedas ¿quién la empujaba?

-Luisa… – Laura trató de parar de reírse, intentando que Dolores no se ofendiera.

-Sí, sí, vosotras reírse – acabó diciendo Dolores.

-Ay no se enfade Lola estamos bromeando ¿por dónde empezamos hoy?

-De qué os reís- preguntó Claudia que también esperaba  su turno empezando a reírse sólo de vernos – ¿no será de mí? ¿Llevo bien hecha mi ondica del pelo?

Seis meses después de aquella conversación tuvieron que decir adiós a Lola y Laura lloró en su oficina cuando le dieron la noticia. Recordó aquella anécdota y sonrió por ella. Había intentado hacerla sentir como en casa y en muchas ocasiones lo conseguía. Para una persona con demencia senil, cada mañana era una aventura y cada persona un desconocido. Laura intentaba llegar a comprender el miedo y la inseguridad que puede llegar a desarrollar una persona que se encuentra en esa situación y que solo recuerde cosas del pasado.

Además de las sesiones más individualizadas Laura organizaba clases generales de geronto-gimnasia, relajación, memoria y manualidades para los que pudieran participar  más activamente aunque no tuvieran sesiones particulares. Aprovechando este hecho y que se acercaba la Navidad planeaba dar una sorpresa a sus abuelillos. Quería organizar una cena de Nochebuena especial para los que quedaran en la residencia sin que sus familiares se los llevaran a casa, que por desgracia eran muchísimos más de los que Laura imaginaba cuando empezó a dedicarles su vida.

Por muy exclusiva que fuera esta residencia seguía siendo un lugar donde les faltaba el cariño de su gente. Al final eran personas indefensas y con muchas necesidades independientemente del dinero que pudieran pagar. Lo que realmente necesitaban esas personas en esas circunstancias era atención, cariño y calor humano. Laura quería ser ese apoyo. De ahí que trabajara desinteresadamente más de lo se le exigía, que organizara actividades para ellos y que gastara mucho de su tiempo de descanso dándoles conversación simplemente por verles sonreír.

Conforme se iban acercando las fechas de las fiestas, las faltas en asistencia a rehabilitación iban dejando a Laura más tiempo libre. Mientras fuera porque salían del edificio para estar con sus seres queridos a Laura le importaba poco que faltaran, volverían felices y con cosas nuevas que contar, además esto le daba tiempo para seguir organizando el evento que tenía en mente, las manualidades, talleres de villancicos y bailes que subliminalmente introducía en las actividades para que llegado el día todos se sintieran parte de la fiesta y participaran activamente cantando y bailando si podían.

La atmósfera en la residencia en general era más alegre y festiva, se respiraba Navidad y  buen humor. Laura quería transmitirles, los tópicos navideños de generosidad, compañerismo, amor y religión, tan importante para muchos de ellos, que ella, independientemente de su opinión, no podía más que fomentarla dado que para la gran mayoría era el pilar de sus esperanzas y anhelos.

Habían hecho un Belén con su Nacimiento, sus pastores, sus tres Reyes Magos y mil y una figuritas, guirnaldas de papel de colores, pequeños arbolitos de Navidad, incluso un día tenían planeado con permiso de la jefa de cocina hacer mantecados caseros…

 

-Mi hermano, lo tenía todo, no sé cómo pudo dejarse llevar por todos sus vicios, le llevaron a la perdición, a él y a nosotros claro, que acabamos pagando todo lo que el granuja debía, ¿sabes hija?

Ricardo repetía su cantinela mientras se ejercitaba en las poleas y Laura estaba terminando de reeducar la marcha de doña Leonor, que siempre olía a Chanel N°5. El perfume no le faltaba nunca.

-¿Por qué me haces eso hija?

-¿Esto? Estoy colocándole el pie en la posición correcta Leonor, después de romperse la cadera  le ha quedado de punta y para andar no le sirve así, venga vamos intente empujar mi mano hacia arriba… muy bien, enseguida la levantamos de la silla y damos un paseo en las paralelas como le he explicado ¿vale?

-Ay cielo, vas a tener que explicármelo otra vez, con esta cabeza…

-Pues para hablarme de ese tal Miñano si tiene usted buena cabeza.

Leonor ríe un poco avergonzada pero con muchas ganas de contar la historia.

-Si es que a mí no me gustaba mi marido, yo quería “Al Miñano”, me casé con el “Paco”  porque me obligaron, pero el Miñano y yo nos queríamos, aunque sus hermanas no estaban de acuerdo, y me amenazaban para que no lo viera más, pero nosotros nos encontrábamos de vez en cuando. Hasta que me casé. Entonces él ya dejo de rondarme. ¡Ay si yo hubiera sabido entonces lo que se ahora!

-Que injusta es la vida ¿verdad Leonor?

-No sabes cuánto bonita. No sabes cuánto…

-¿Puedo parar ya de darle al brazo? – preguntó Ricardo algo cabreado porque no le estábamos prestando toda la atención que él consideraba necesaria.

-Oye – intervino Claudia que ese día estaba muy enfadada- y a mi ¿Cuándo me toca?

-Claro que sí Ricardo, lleva usted muy bien ritmo, enseguida vienen a recogerle, siéntese un ratito. Enseguida estoy con usted Claudia. Esta tarde ¿va a venir a la clase de gimnasia? Le va a venir muy bien y además después os voy a enseñar un villancico.

-No sé lo que haré niña.- contestó Ricardo un poco indignado.

-¿Está usted muy ocupado?- preguntó Laura bromeando.

-Oye, ¿me toca ya? – Insistió Claudia con el ceño fruncido mientras doblaba su “moquerico”, es decir, su pañuelo – a mí m queréis matar…

Lo que le pasaba a Claudia era que le acababan de bañar cosa que no apreciaba demasiado. Laura sonrió con dulzura.

-¿A usted? ¿Quién iba a querer matarla? Si es un encanto- dijo Laura.

-Pues eso digo yo – sentenció Claudia.

 

Laura estaba sumamente ilusionada con el tema de la cena de Nochebuena solo deseaba verles felices en esos días. Imaginarlos solos le partía el corazón. Eran muchos más de los que ella imaginaba, los se quedaban en la residencia, la mayoría ni sabían en qué día vivían, pero sonreían cuando se les daba cariño. Te cogían la mano y apretaban en señal de agradecimiento, mientras sus ojos suplicantes de amor se cristalizaban al llenarse de lágrimas.

Muchos de ellos lloraban todos los días. La sensación de encontrarse perdidos y solos era desoladora y muchas veces se respiraba la melancolía en los salones, melancolía, tristeza, miedo, rabia.

Tras las sesiones de fisioterapia Laura se daba un paseo por el salón para ver qué tal estaban o salir a pasear con alguno si hacía buen tiempo. En esos momentos observaba las obsesiones y problemas que algunos presentaban.

Presencia llamaba indignada a una auxiliar porque Margarita le había quitado su sillón, Paqui, la auxiliar, le explicaba a Presencia que tenía otro libre justo al lado, pero Presencia insistía en que quería su sillón.

Doña Sacramentos, una señora relativamente joven que siempre llevaba una diadema o alguna decoración en su bien conservada cabellera, demandaba que alguien le había robado su lazo preferido, el azul que hacía juego con sus ojos.

Al pasar al lado de Jacobo a Laura siempre se le encogía el corazón, Jacobo nunca hablaba, y su tendencia era a golpearse y a golpear a los que tenía alrededor, por esta razón estaba atado con unas cintas acolchadas a la silla. A Laura le gustaba acercarse para intentar transmitirle cariño aunque a veces ni siquiera la miraba.

Al llega a casa, dejaba las llaves en el recibidor, se quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero que quedaba a la derecha se quitaba los zapatos y se ponía las zapatillas de estar por casa que tenía preparadas  dentro de un armarito nada más llegar a la izquierda. Suspiraba. Solían ser días duros. Ese en concreto no había conseguido que Llanos se levantase de la silla, y Celia y su marido, Pepe, estaban un poco pachuchos y casi no había podido tocarlos. Claudia estaba muy cansada y con una respiración extraña camuflada por los resoplidos de su mal humor. Laura avisó al médico.

La tendencia al declive de las personas de cierta edad era irremediable, Laura era consciente de ello, por mucho mantenimiento y rehabilitación que ella les proporcione, los achaques y enfermedades se iban acumulando y haciendo mella en su calidad de vida. Solo esperaba que al menos les estuviera regalando minutos de felicidad y serenidad y que sus ejercicios sirvieran para que su declive fuera menos doloroso, más llevadero y cómodo.

Laura llevaba un control diario, semanal y mensual de los ancianos que trataba y uno más general de todos los ancianos de la residencia, todos los años debía pasar un resumen anual y comparativas. Odiaba comprobar con números y pruebas lo que ya sabía.

Intentaba dejar de pensar en su trabajo. Básicamente sus noches se resumían de la siguiente manera

Entraba en el baño, se daba una ducha y se ponía el pijama, mientras se preparaba la cena ponía la televisión, las noticias, cambiaba de canal, demasiado triste y engañoso, salsa rosa, cambiaba de canal, demasiado frívolo, una película, el diario de Noah…por ejemplo, se lo pensaba, bueno. Intentaría no llorar. Estaba sola, no tenía pareja, estaba demasiado implicada con su trabajo. Para ella la recompensa de verlos contentos era suficiente, aunque era consciente de que tenía que cambiar eso. Y empezar a vivir. Quizás al año siguiente.

 

Nochebuena.

 

Llegó el gran día y Laura tenía una preocupación que no le dejaba disfrutar de las sensaciones agradables del ambiente. Ese pesar, era por unos cuantos abuelillos que habían enfermado, un resfriado a sus edades, podía complicarse a una neumonía en menos que canta un gallo, y una neumonía en sus condiciones podía acabar con ellos en una noche. Laura llegaba con miedo cada mañana desde hacía una semana. Cinco de sus pacientes no habían bajado de la habitación en este tiempo.

Solo unos pocos afortunados habían tenido la suerte de que sus familias les rescataran de ese lujoso exilio.

Laura no había quedado con nadie hoy. A pesar de ser Nochebuena prefería intentar hacer felices sus abuelillos adoptivos. Sus personitas especiales y llenas de achaques la necesitaban más.

Había tenido varios planes propuestos, sus amigos le decían cosas como: “Total ellos ni se van a dar cuenta de que pasa, ni de qué día es…” Todo eso estaba muy bien pero Laura si sabía el día que era, y quería que fuera especial, de una manera u otra iba a hacer que lo sintieran así.

La fiesta estaba casi totalmente organizada, esta tarde iba a poner a los ancianos a colocar los adornos que habían confeccionado en el salón para decorarlo y así poner el broche final. Después de su jornada de rehabilitación, mientras las auxiliares colocaban a los comensales en sus sitios Laura pasó a las cocinas.

-¿Cómo va todo con el menú de esta noche Feli?

– Pues algo lioso con las dietas especiales pero creo que lo hemos conseguido Laura- dijo satisfecha Feli mientras preparaba afanada los cuencos de sopa.

-¿Necesitáis algo especial? Esta tarde voy a tener media hora libre, podría bajar al Centro Comercial a conseguirlo.

-No te preocupes cielo, trajiste todo lo necesario ayer, esta todo controlado, ¡¡relájate anda!!

Al salir de las cocinas, ya más tranquila, Patricio le preguntó por Elsa.

-¿Elsa? Contesta Laura, creo que la he visto en el jardín paseando. Voy a por ella, se le va el santo al cielo cuando no hace demasiado frío fuera.

-Gracias Laura.

Laura salió al jardín trasero, donde sabía que Elsa solía caminar. Siempre hacía el mismo recorrido y se sentaba en el mismo banco cerca del edificio principal. Allí estaba.

Caminaba con su “garrotico” como ella llamaba a su bastón. Laura sonrió al comprobar lo que estaba haciendo. Le encantaba pisar hojas secas. Aún quedaban algunas por esa zona y Elsa iba buscándolas de punta a punta para sentir como crujían debajo de sus “alpargates”. Era una mujer muy dulce. Pero estaba empezando a tener desfases horarios. Laura entrenaba con ella la memoria muchas veces, le pedía que escribiera su nombre y hacían juegos con tarjetas… Pero el tiempo hacía mella y poco a poco la notaba más ausente.

-Elsa – le dijo intentando no sobresaltarla.

Elsa levantó la cabeza, la reconoció, y rió al verse descubierta en su juego.

-Aun quedan hojitas secas.

-Ya veo ya. Estaba tan entretenida que no se ha dado cuenta de la hora que es. Es la hora de la comida. Vamos antes de que Ulises se coma su sopa.- le hablaba medio regañándole, aunque para ser sinceros, nunca podía ponerse seria con ellos.

-Bueno, no tengo mucha hambre la verdad-  contestó algo tristona Elsa.

-No empecemos Elsa, tiene que comer – ahora sí que ha conseguido el tono de reproche.

-Ya, ya, pero no tengo hambre.

-Venga que le acompaño – dice Laura poniendo los ojos en blanco a propósito para que la vea- ¿Sabe qué día es hoy?

Elsa sonríe, coge el brazo de Laura y caminan juntas hacia el comedor.

Una vez Elsa ya estaba sentada al lado de su compañero Ulises que no había tenido tiempo nada más que de quitarle un trocito de pan, Laura se siente libre para ir a comer también.

Esa misma tarde los villancicos populares sonaban en todo el comedor mientras las personas más ágiles decoraban los rincones con guirnaldas y adornos Navideños. Estaban disfrutando de esta actividad diferente como si fueran niños, intercambiaban opiniones e historias, reían y disfrutaban del espíritu navideño creado y los unos de los otros. Laura les observaba emocionada desde una de las esquinas del salón mientras los organizaba, su objetivo estaba siendo conseguido. Soltó una risotada cuando empezó a sonar “Hacia Belén va una burra Rin Rin” y varios de los abuelos se levantaron contentos a bailarla. Iba a ser una noche especial.

Por megafonía se anunció la esperada Cena:

“Señoras y señores con motivo de las fiestas navideñas esta noche tendrá lugar una cena de Gala en el salón/comedor a las 20:30. Esperamos sea de su agrado. ¡¡Feliz Navidad!!”

La megafonía no se solía utilizar para nada y sobresaltó a unos cuantos, emocionó a  algunas otras que en su coquetería subieron a ponerse bellas antes de la cena de gala y extrañó a unos pocos que simplemente no entendieron que se había dicho y preguntaban a sus compañeros.

Para la cena iban a preparar una crema de mariscos suave de primero y como alternativa para los que no podían comer marisco, pudding de verduras con frutos secos. De segundo también habían varias opciones, pero la más festiva eran las chuletas de cordero con frutos rojos y puré de castañas, también había guiso de perdiz y asado de lenguado con nueces, y para los que tenían más problemas con las comidas una tortillita francesa con ensalada de tomates y almendras. De postre pastel de turrón y milhojas de merengue, además de mantecados, suspiros, cordiales con y sin azucar. Laura estaba muy emocionada y empezando a salivar.

 

-Toc, toc.- Dice Laura antes de pasar a la habitación de  Teo.

-¿Cómo estás Teo?-  dice animosa.

-Ay hija yo no tengo ganas de reírme.

-¡¡Venga pero si yo le voy muy bien!!¿Qué es lo que tiene de cena?

-Pues unas cosas muy ricas la verdad hoy me voy a poner las botas.

-Pues claro que sí, Vengo a desearle feliz Navidad Teo – dijo Laura mostrando su hermosa sonrisa y colocándole un gorrito rojo de Papá Noel.

-Gracias guapa, – contesta Teo animándose a sonreír- feliz Navidad bonita.

-Venga ponte bueno rápido que podamos criticar a los tramposos de petanca.

Teo ríe con complicidad mientras se despide de Laura.

Laura aprovechó el ratito antes de la cena para subir a visitar a los que estaban más enfermitos y desearles feliz Navidad. Iba haciendo su recorrido y repartiendo alegría como si de mamá Noel se tratara.

Estaba terminando su ronda cuando su corazón se heló un momento, algo pasaba en la habitación de Claudia.

Claudia, esa viejecita soñolienta que siempre preguntaba por si llovía, para quedarse un poquito más en la cama, ella sabría por qué si llueve no era necesario levantarse pero era su excusa.

“¿Llueve?

 –Sí, esta chispeando.

-Pues entonces me quedo un ratito más en la cama.”

 

Claudia, que había ido perdiendo la memoria reciente en los últimos meses más deprisa de lo que Laura quisiera, con un corazoncito débil y con muy poco apetito. Claudia, que desayunaba magdalenas y se enfadaba si no tenían el azúcar tostado por encima. Esa Claudia, la que odiaba los baños y se quejaba diciendo que querían matarla cada vez que la metían en la bañera. Los recuerdos llenaban los pensamientos de Laura, congelada en el pasillo. No se atrevía a avanzar y sus enormes ojos castaños se llenaron de lágrimas que no caían.

Tras unos segundos en shock Laura observó cómo  Mauricio, el médico, salía de la habitación  y la descubrió,  aún sin poder moverse, con un gorrito de Navidad en una mano y una magdalena con un montón de azúcar tostada  y pasas para hacerla más navideña en la otra.

La miró con tristeza y bajó la mirada. Ese gesto confirmó la noticia.

Se tragó sus lágrimas y entró en la habitación. Había una auxiliar que aún no había salido, Pilar, que miró a Claudia con ternura y tristeza, que levantó la vista para recibir a Laura sin poder transmitirle consuelo. Laura acarició el canoso pelo de la señora. Tenía una expresión tranquila. Dejó el gorrito y la magdalena sobre la mesilla.

-Vas a llegar al cielo en fiestas Claudia. Baila un pasodoble por mí – susurró entre suspiros.

Se dio la vuelta y salió de la habitación. Solo una lágrima resbaló por su mejilla.

Bajó por el ascensor, sola, en silencio, mirando a la nada.

“Clin” dijo el ascensor al llegar a la planta seleccionada.

Respiró hondo, recompuso su sonrisa y se dirigió al salón donde le esperaban el resto de personas.

Que comience la fiesta.

“Campana sobre Campana” empezó a sonar y todos la cantaron al unísono. Ella repartió los gorritos de Navidad para todos. Tras la suculenta cena estaban muy animados, les habían dejado beber una copita de sidra que aún siendo sin alcohol les había hecho efecto placebo. Laura pudo ver gente riéndose y disfrutando, en breve daría comienzo la misa especial del Gallo y algunos estaban cogiendo sitio en la pequeña capilla que tenían. Se alegró de ver que se lo pasaban bien. Sonrió y discretamente fue apartándose del grupo para volver a casa, después de la misa de todos modos se disolverían.

 

 

Condujo despacio. Solo se escuchaba el leve sonido del motor y el roce de su ropa al girar el volante. Claudia estaba en paz, ahora le tocaba llorar a Laura. Pero no de tristeza. Lloraba de felicidad por la noche que había y le habían regalado los demás ancianitos, lloraba de ternura al haber visto cómo algunos se hacían regalos. Su experiencia. Su sabiduría. Sus anécdotas. Tanta riqueza que compartir y sobre todo que comprender. Puso música. Sonaba “My way” de Frank Sinatra. Enjugó sus lágrimas y pensó que Claudia no querría verla así. Rió.

 

¿Qué otra cosa iba a querer para la persona que le conseguía el azúcar para sus magdalenas?

 

Dedicado e inspirado en la más impaciente de mis pacientes.

“ Oyeee, Oyeee, ¿Hay alguien?”

 Mi abuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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