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Ni uno más

Nacimiento de un antitaurino.

Era martes, creía, las fiestas de su pueblo estaban en plena ebullición, aquella mañana parecía tensa, su madre estaba mirando por la ventana, era temprano, serían ¿las 9? El pequeño aún no tenía muy claro el concepto de las horas. Lo que veía era que todo el mundo estaba haciendo ruido, incluso riendo más de la cuenta, como otras veces que les había visto con unas botellas con un liquido oscuro rojizo.

-¡¡Mira mamá!! Yo soy como Papá. –El pequeño se puso con una mano en jarra y en la otra llevaba un palo de escoba a modo de lanza.

Su madre le miró, sonrió, se acercó y le revolvió el pelo. Estaba nerviosa. A ella no le gustaba demasiado que su marido participase en ese torneo. Era peligroso. Y a pesar de haber crecido con él, nunca le gustó.

Él se había empeñado en que fueran a verle. Ya había salido de casa y estaría con los demás participantes. Bebiendo. O increpando a todos los extranjeros que habían venido para protestar un año más por este torneo. Sabía que muchísimas personas estaban pendientes del pueblo. Siempre acababa peleándose.

Se acercaba la hora de que comenzase el esperado evento. La madre y el niño estaban ya esperando al otro lado de las protecciones que del camión saliera el elegido. Había mucha tensión porque unos activistas habían hecho una cadena humana alrededor del mismo para impedir que comenzara. El populacho les insultaba, les intentaban agredir y provocar. Había mucha policía que intentaba calmar los ánimos y deshacer la barrera de animalistas fuera como fuese. El padre del pequeño también se dirigía a los manifestantes de forma agresiva y poco respetuosa.

-¿Qué hacen esos hombres ahí mamá? ¿Por qué papá les dice esas cosas? ¿Se va a pegar con ellos?

– No quieren que hagamos esta fiesta cariño.

-¿Por qué?

– Les gustan los animales. No quieren que Elegido salga.

– A mi también. ¿Papá va a pegarles por eso? ¿Va a pegarme a mí?

-No cielo, a ti no… – dijo insegura.

El pequeño observó  con atención toda la situación. Papá enfadado, los señores de uniforme arrastrando a los amigos de Elegido, gente insultándose, llorando, gritando el nombre del toro, algunos se enfrentaban directamente y tenían que ser separados, otros tiraban piedras a los animalistas, gente sangrando…

Tras un rato disolvieron a los forasteros. El peque  miró al frente y vió un ejército de vecinos a caballo, con lanzas y cuchillos… Impresionaban. El camión abrió sus puertas, ya no había gente alrededor, solo  se oían desde lejos gritando el nombre del toro, y en su desesperación insultando a los componentes del cobarde ejército Tordesillano.

El niño casi no respiraba. Miraba a su padre, que no quitaba el ojo a la puerta del camión. Miró al mismo lugar. Elegido no salía. Después de unos minutos el toro apareció. Era grande, majestuoso, hermoso, su mirada era valiente, pero estaba asustado. Sonó un pitido que sobresaltó al niño y a Elegido también que empezó a correr.

El torneo había empezado.

En poco tiempo el pequeño vió desde lejos como todos sus convecinos atacaban al toro, a pie, a caballo, le tiraban lanzas, le tiraban piedras. El animal estaba sufriendo. Intentaba huir a toda costa de aquel ataque descabellado.

Elegido era enorme, daba mucho miedo, y atropelló y corneó a algunos que se le pusieron por en medio. Paradójicamente estos atropellos conmocionaron menos al niño que los ataques al animal. Ellos eran muchísimos. No podía dejar de mirar la escena. Estaba en shock. Vió a papá. Su héroe, pinchar al toro, que ya no era negro, entonces ya era rojo. Jadeaba, tenía la lengua fuera, babeaba y sangraba por la boca y la nariz, se tambaleaba… En los dibujos que él veía había alguna compasión. Ninguno de sus personajes favoritos permitiría eso. No podía comprender de lo que estaba siendo testigo.

Su mito, se cayó de repente.

-¡¡Mamá yo no quiero que papá haga daño a Elegido!! – dijo horrorizado por todo lo que estaba viendo en brazos de su madre…- Mamá le abrazó consternada. Muy en el fondo, le entendía. Sabía que estaba siendo cómplice de esa barbaridad.

El niño miró a su padre, éste tenía sus manos llenas de sangre, y un cuchillo en una de ellas.

Elegido derrotado, desangrado, derrumbado en el suelo, levantó la vista un momento, sus ojos eran una mezcla de rabia, incomprensión y tristeza… Se encontraron con los del pequeño que estaba mirando hacia aquella fiesta sin risas, sin alegría y sin sentido. El niño no pudo seguir mirando a su padre y miró al animal que le miraba a él. Era un animal bueno, inocente como el niño, de ahí la afinidad que les unió en un segundo, el pequeño sintió el dolor de Elegido, sintió el miedo, sintió incluso cariño…“Tú no tienes la culpa” le dijo Elegido con la mirada ensangrentada  mientras convulsionó por última vez tras ser estocado por papá. El vencedor del torneo.

Se abrazó a su madre llorando…sin entender nada, vacio, solo, rodeado por otros que no comprendían  su dolor, el dolor del toro. Tenía 3 años y medio y odió a todos ellos por primera vez en toda su vida. Él, que había sido siempre amor y ternura. Se endureció al ver caer a Elegido  a manos de su ya no adorado padre.

Nunca volvería a mirarlo igual.

Jamás le respetaría.

Los niños observan, juzgan y aprenden a su manera.

Papá, dejó de ser papá.

Ahora era  el asesino de Elegido.

 

 

Vane Roma.