Banda Sonora de Luna. Capítulo III.

 

Febrero 1984.

19:35

 

Los lobos aullaban de una forma aterradora, hacía frío y aunque estaba acostumbrado a las bajas temperaturas y a enfrentarse a peligros peores que unos cuantos chuchos el silbido del viento y los llantos de los lobos le producían escalofríos.

Sabía que tenía mucho que ver con su objetivo, su misión, esa clase de energía podía ser sentida por los animales, atacarle y entorpecer su cometido. Eso era lo que realmente le producía esa sensación de inseguridad tan impropia en él, no podía fallar en algo en apariencia tan simple.

Esos montes en aquella época eran inhóspitos, la estación invernal era poco recomendable si querías conocerlos, pero la fecha exacta y el lugar exacto estaban definidos con mucha precisión, todo ocurriría en doce minutos y cincuenta y seis segundos, cincuenta y cinco, cincuenta y cuatro…

Lázaro estaba preparado para ejecutar su tarea, llevaba mucho tiempo entrenando, había estudiado cada uno de los rincones de esa zona, y cada una de las historias, cálculos, y teorías que le habían grabado casi a fuego en la sesera. De ahí que esta vez su seguridad natural estuviese algo mermada. Los datos para el encuentro venían de fuentes que él no consideraba fidedignas. Aunque todo estaba correctamente contrastado no las tenía todas con él.

Ya había llevado a cabo con éxito las misiones anteriores pero esta era de especial relevancia, y tenía una sensación extraña, algo le decía que esta vez no iba a ser tan fácil. Que algo iba a fallar. Y no quería ser él.

Se acercaba la hora, el cielo empezó a despejarse y dejó de nevar, la luna llena volvía locos a los lobos que chillaban y chillaban, no deberían de estar muy lejos, casi podía sentir sus alientos calentándole la nuca.

-¿Todo en orden? – le sobresaltó su walkie-talkie – es casi la hora.

-Todo listo, a la espera de la señal de luz, aquí se está aclarando el cielo y el punto marcado esta frente a mí, ¡¡en cuanto aparezca será mío!!- tuvo que elevar la voz porque los aullidos iban creciendo en intensidad, casi no podía escucharse a sí mismo.

-Malditos perros salvajes…- dijo mirando hacia atrás. Estos habían empezado a medio aullar de una forma casi triste. Y era turbador el espectáculo melódico que creaban al juntarse con el viento.

De repente, una luz azulada le cegó por unas milésimas de segundo. No podía ser,aún quedaban seis minutos y allí no había nada. Lázaro sintió que ya se estaba desencadenando lo que él había estado sospechando. Esa luz era la señal. Se vería a dos mil  kilómetros a la redonda desde donde se produjese la caída. Esta vez incluso  más, era la piedra angular del proceso y podría ser más intenso. Aún no era la hora estipulada y ya había sentido su brillo. Algo estaba fallando.

El viento comenzó a soplar más fuerte y aunque no nevaba, levantaba la nieve del suelo y le dificultaba mucho la visión. Se puso sus gafas de nieve y caminó hacia el punto clave, se colocó a escasos centímetros de él aguardando que sucediera.

Nada ocurría. Los lobos callaron. El viento soplaba. A su alrededor solo había nieve y algunos árboles grises también cubiertos. Sentía que le estaban observando. ¿Le habrían traicionado sus propios agentes?

Tres minutos. Empezaba a ponerse nervioso, a estas alturas el proceso debería de haber comenzado incluso terminado. Miró a su alrededor buscando alguna señal. Nevaba de nuevo, y el cielo volvía a encapotarse, estaban perdiendo la luz de la Luna. No podía ser, los cálculos eran siempre exactos al milímetro. Después de la luz el procesó solía precipitarse en pocos segundos. La luz se había adelantado. Eso ya era raro. Pero nada pasaba.

El temporal anunciado por la mañana parecía estar llegando por momentos, las ráfagas de viento y nieve azotaban al esbirro desde todas partes, casi no veía ni podía caminar.

Un minuto. Esto no pintaba nada bien. Esperaría a que llegase la hora.

Cuatro segundos, tres, dos, uno… ¡¡¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!. Su alarma pitaba anunciando la hora de la llegada, pero nada sucedía allí. Lázaro no podía creerlo, no podía ser. Estaba fallando. Les faltaba lo más importante.

-¿Lo tie—ne–s?-preguntó una voz poco clara e interrumpida por las interferencias desde su walkie – debes caminar hacia el noreste, a 2 km os recogeremos con el Jeep.

Lázaro se resistía a anunciar que nada estaba ocurriendo.

-Dame unos minutos más.

-¿Có—mmmo?

-¡¡Qué enseguida estoy allí!! – bramó lleno de rabia-

Su intuición no se había equivocado. Algo estaba mal. Nunca fallaba y no iba a ser esta la primera vez, se disponía a peinar la zona y encontrar lo que buscaba aunque acabara congelado o sepultado por la nieve. Iba a descubrir dónde estaba el error.

Avanzó a grandes zancadas, a la velocidad que le permitía la ventisca, si se habían equivocado no debería de ser por mucho. No debería, claro.

El silencio de los lobos dejó que se escuchara un quejido, solo fue un segundo pero creyó haber encontrado por fin lo que buscaba, podría ser una rama quebrándose por la fuerza del aire, un trozo de hielo bajo sus pies o una persona o animal pero corrió hacia el sonido peleando contra la tormenta.

Los copos de nieve se acumulaban en sus gafas, el viento casi le levantaba y ya no podía escuchar nada cuando súbitamente se encontró de bruces con unos ojos azules como el cielo y una hilera de dientes afilados que le cortaban el paso. Era un lobo gigantesco, casi tan grande como él (y él era una persona corpulenta). El animal se había colocado justo delante de su trayectoria y parecía que no tenía intención de dejarle pasar. Tenía un pelaje gris y blanco, denso y moteado por los copos de nieve que en ese momento se encontraba totalmente bufado en el lomo por la rabia. Tenía las orejas hacia atrás y los belfos arrugados espantosamente para dejar al descubierto su dentadura cascada pero letal a través de la cual emitía un sonido aterrador.

Lázaro observó que no estaba solo…le acompañaban al menos 5 ejemplares más…  casi tan grandes como el primero. No aullaban, ahora solo gruñían y le rodeaban amenazadoramente.

-Creo que tengo problemas. – Dijo por el walkie – lobos.

– No te recibimos correctamente ¿lo tienes? – contestaron.

– ¡¡Maldita sea lobos, he dicho!! – Repitió – ¡mandad ayuda!

Dio un paso atrás y parece que no fue una buena idea porque al hacerlo el primer lobo percibió su superioridad y se abalanzó sobre él, y aunque no llegó a tirarle al suelo, le arañó la cara y se le engancho de un brazo dando tirones con determinación, Lázaro  pudo sentir la presión y la fiereza del animal, unos segundos más y llegaría a la carne. Él no era de tener miedo pero los demás animales habían comenzado a acercarse con ganas de probarle y eran demasiados, el primero ya estaba terminando de romper las protecciones que llevaba y desgarraría la piel, ahora empezaba a temer por su vida, dos más de la manada se lanzaron sobre él y, esta vez, si le tiraron, uno le arranco una bota y se entretuvo con ella y el otro saltó a la cadera.

No solía llevar armas para estas misiones, nunca eran necesarias, puesto que no había resistencia, ni oposición, esta vez, al encontrarse solo en esas montañas, decidió llevarse una pistola. Pero no le estaba siendo fácil llegar a ella. El lobo que perdía el tiempo con la bota levantó la mirada y se encontró con la suya cuando estaba muy cerca de llegar al arma. Gruñó guturalmente. Saltó sobre su cabeza. Los otros intentaron unirse en los huecos que quedaban.


 

 

Falda de los montes Elbrus.

Zona norte del Cáucaso.

18:55

El crepitar de los leños ardiendo hacía que aquella cabaña perdida en la montaña pareciese un hogar, la luz anaranjada del interior de la casa contrastaba con el azul hielo del exterior, el aroma a fuego y a sopa caliente, terminaban de completar el aspecto hogareño y cálido de una casita donde habita una familia, las pieles de las sillas, las plantas de interior y el rumiar de una chica tarareando alguna canción de su tribu mientras fregaba los platos.

Hacía no demasiado en esa acogedora cabaña, rodeada tan inhóspitamente, había vivido una familia, Rem y Reshy, un matrimonio de bats (un pequeño pueblo autóctono ruso) los cuales se habían apartado de sus compañeros de tribu, porque no se sentían del todo integrados en ella, ellos creían en otras cosas además de en las que su chaman predicaba, les gustaba su soledad y su independencia, esto hacía que empezaran a relacionarse más con los poblados más desarrollados, siempre desde su aislamiento voluntario. Habían criado así a la pequeña Rudi y al travieso Remy, aunque Remy cayó enfermo siendo aún un niño y les abandonó cruelmente, dejando un vacío tan grande que su madre Reshy dejó de sentir aprecio por la vida y por nada de lo que la rodeaba, y pocos años después se dejó morir ante la impotencia de su marido Rem y su niñita  Rudi.

Desde entonces ambos se habían apoyado el uno en el otro, codo con codo viviendo en esa pequeña pero preciosa cabaña al principio de los altísimos montes Elbrus que les daban algo de madera en las zonas más arboladas, y cerquita del río Melka que les proporcionaba casi todo lo que necesitaban, agua y pescado. Rara vez bajaban a los poblados ya. Y cuando lo hacían era para abastecerse durante todo el tiempo posible de los productos más industriales.

Por desgracia la chica ya no era tan niña, Rudianka, vivió en esa cabaña junto con su padre hasta que este murió y quedó sola. Hacía más de un año de aquella noche en que su padre dejó este mundo, pero ella seguía melancólica y solitaria en la cabaña donde creció.

Era una chica guapa, esbelta, enérgica e independiente, unos treinta años, pelo castaño claro, y ojos azules, muchos hombres la habían intentado pretender cuando bajaba más a menudo al mundo civilizado, pero se había resistido a dejar esa cabaña e ir a algún lugar más habitado donde poder hacer su vida y formar una familia, nunca le habían interesado los hombres. Ni le gustaba demasiado la gente. En realidad estaba sumida en su propio dolor. Cuidar a su padre había sido su vida. Y ahora que él no estaba prefería estar sola.

Aquella noche era de tormenta, posiblemente  quedaría aislada unos cuantos días. Pero ella siempre estaba preparada para ello. Esta tormenta tenía pinta de durar al menos tres días. Por eso se sorprendió cuando de repente dejó de nevar y el cielo se aclaró súbitamente. La luz de la luna entró azulada de repente por las ventanas y lobos empezaron a aullar.

Rara vez aullaban cerca de su casa, Rudi tenía mucho respeto a esos animales, le parecían de una belleza extrema, pero a su vez demasiado peligrosos, en la estación más cálida no solían dar problemas, pero los inviernos eran largos y las presas escaseaban, si el hambre les obligaba podrían  merodear por la cabaña en busca de comida.

El llanto de estos era inusualmente sentido, y Rudi notaba que no era algo normal, ni la tormenta, ni el repentino cese de la nevada, ni la luz tan intensa de la luna. Los lobos dejaron de aullar. Rudí se quedó helada, ya no oía ni viento, ni lobos, solo el crujir de los leños y su respiración.

Al oír un llanto, Rudi salió de su estado de shock. Reconoció lo que parecía era un bebé y salió rápidamente de la casa. El estruendo de aullidos comenzó de nuevo. Rudi paró en seco, se dio la vuelta, miró la puerta de casa, ahí dentro estaría segura. Los lobos volvieron a callar y volvió a escuchar a esa criatura. Se armó de valor, entró en casa, tomó un fusil, respiró hondo y se encamino hacia ese sonido.

La noche se había vuelto clara y tranquila solo se escuchaban algunos lobos ya más tranquilos y el gimoteo lloroso de un bebe. Rudi sintió que la observaban y que de alguna manera  estaba siendo guiada, la luz de la luna alumbraba una especie de camino difuso en la nieve, se adentraba en el bosque blanco, gris y azul… escuchaba pisadas a su alrededor, pero no tenía miedo, siguió caminando  por la nieve, arrastrando sus botas sintiendo el vaho que producía su respiración, levantó un poco la vista y miró al cielo plagado de estrellas que perdían su brillo al lado de la intensidad de la luna llena de aquella noche. Le parecía que el satélite esa noche estaba más hermoso de lo normal cuando observó que parecía que estaba generando una especie de rayo de luz que se dirigía hacia ella, Rudi se asustó un poco cuando notó que lo tenía encima, pero solo era luz, una luz lunar preciosa que le atravesaba y que señaló a través un tempano de hielo el sitio donde debía dirigirse. Rudi miró lo que la luz señalaba.

Tenía la carita sonrojada y sonriente, ahora que la luz de luna la iluminaba, parecía estar tranquila, una niña de ojos grandes y llorosos, de unos seis meses, blanca y desnuda sobre la nieve a menos veinticinco grados.

Rudi no daba crédito a lo que estaba viendo, corrió por ella, cayó de rodillas a su lado y la tomo en brazos mientras sollozaba de la emoción, la niñita le correspondió con un gemidito de alegría y apoyó su carita sobre el hombro de Rudi que sintió un vínculo espectacular con la pequeña nada más tocarla. Al levantar la vista vio como un lobo blanco la observaba, sereno, tranquilo, pero imponente y enorme. Aquello no la intimidó, todo parecía estar conectado y tenía la impresión de que la pequeña se comunicaba con las bestias que ahora les rodeaban, un montón de ojos dorados les vigilaban con lo que parecía adoración.

Unos copos de nieve cayeron sobre la niña desnuda, ésta se tocó la carita con gracia sorprendida por el acontecimiento. Rudi la miró sonriendo, la envolvió con su abrigo, estaba empezando a nevar otra vez, el viento ya no era la suave brisa que la empujó hacia la niña. La tormenta comenzaba de nuevo y Rudi emprendió el camino de vuelta  a su cabaña escoltada por una manada de lobos y junto con un bebe… de la Luna.

Aquella noche al regresar a la cabaña un par de los gigantescos lobos entraron en casa cual perros domésticos, olisquearon todo y se acostaron a los pies de unos sillones, bostezando y siguiendo a Rudi con la mirada. Ésta improvisaba una camita y algo de comer para la pequeña que se divertía con todo lo que había a su alrededor. El resto se quedaron fuera observando la nada, vigilando por algo que Rudi no podía alcanzar a entender. De momento. El gran lobo blanco aulló algo más alejado de la cabaña y todos los demás le corearon.

Rudi y la pequeña se sumieron en un sueño profundo y reparador, acunadas por los lobos y su cantar

Nada más abrir los ojos Rudi preparó todo para su bajada al poblado, cogió todo su dinero. Iba a necesitar cosas para cuidar a ese bebé. Aunque aún nevaba, había amainado mucho y tenía pinta de que iba a parar en breve. Los lobos seguían allí y se iban desperezando por turnos. Nunca los había tenido tan cerca pero ellos no la incomodaban como las personas.

Ambas, Rudi y la chiquitina, acompañadas por sus guardianes, descenderían la ladera  hasta llegar al río helado y seguirían su curso hasta el primer poblado que vieran, a pie les esperaba un viaje de algo más de medio día. Una vez allí pasarían una o dos noches antes de volver para coger fuerzas, y si podía ser encontrar a alguien que les llevara a casa al menos, en trineo, puesto que volverían con más equipaje del que llevaban ahora.

Los lobos se fueron dispersando conforme se acercaban a la civilización y una vez allí, Rudi y la peque se mezclaron con los habitantes, conocidos todos, que la miraban extrañados al verla con un bebé. Esas eran el tipo de cosas que odiaba Rudianka, el afán de la gente por juzgar. Este trago pasaría, solo tenía que llegar a la casa de Loreen donde se alquilaban habitaciones y preparaban una comida riquísima según recordaba, para descansar un rato y después continuar con sus obligaciones y volver a su cabaña donde aislarse de todos. Excepto de la pequeña. A la que ya sentía increíblemente cerca.

Salían del pueblo, tras todas las gestiones que consideró a bien hacer Rudi, dos días después, en un trineo tirado por renos de un vecino de Loreen que las acompañaría a casa, cuando unos extranjeros llegaban haciendo mucho ruido, con coches grandes y mucha tecnología, apenas coincidieron con ellos un segundo,pero la mirada de Rudi se cruzó con la de un tipo, uno con una cicatriz reciente en la cara y Rudi sintió un escalofrío. La pequeña se estremeció también.

Rudi le miró la carita y se sobresaltó con preocupación al verla. La pequeña, tenía los ojos en blanco y buscaba con las manitas tocar la cara de su protectora. Una luz salía de los ojos del bebé, no muy llamativa pero lo suficiente para que Rudi la apreciara, se acercó a la niña complaciendo la petición que la misma solicitaba braceando.

Todo dio vueltas cuando las manitas del bebé tocaron la frente de Rudianka.

De repente sintió un calor que se apoderó de toda su cabeza, y todo se convirtió en blanco, no veía nada más que luz, una luz cegadora y molesta. En unos segundos empezó a reconocer todo ese blanco, ¿a qué se debía esta revelación? Estaba viendo los alrededores de su cabaña, todo cubierto de blanca nieve, el gris de esa roca que siempre sobresalía a la derecha del montículo que había justo detrás de su casa, el cual le servía para proteger la casa en caso de pequeños aludes. Su casa. Sí, su casa debería estar allí. ¿Dónde diablos estaba? La visión se acercó y pudo distinguir unas cenizas cubiertas ya por un blanco manto, algunos enseres carbonizados y helados y restos de troncos que una vez configuraron su hogar. Su casa estaba reducida a escombros, quemada, saqueada. Sin previo aviso un tren de visiones le asaltó, unos hombres con coches grandes y negros, armas, registraban, destrozaban, quemaban, robaban, discutían por algo, todo pasaba por su cabeza como una película a toda velocidad y se ralentizó en un momento, uno de los hombres se giró y la miró, directamente a los ojos, como si supiera que le estaba observando, llevaba un gorro con una extraña solapa y tenía una cicatriz en la cara, el tipo de la cicatriz endureció el gesto, le había visto… Le apuntó con su pistola y se oyó un disparo.

Rudi salió de su trance muy asustada. Volvió a mirar a la niña, esta había recuperado sus bonitos ojos grises pero la miraba preocupada. Como preguntándole   “¿Entiendes? ¿Lo has visto?”. Se comunicaron a la perfección, inmediatamente Rudí sacudió el hombro a Petro, este estaba situado delante de ellas para guiar mejor a los renos, No se había percatado de lo sucedido e iba ensimismado mirando al camino y posiblemente preguntándose de dónde había salido esa gente tan rara que acababa de llegar.

-¡¡Petro!! –gritó Rudi

Petro se giró un poco sobresaltado.

-Cambio de planes, tengo que ir a la ciudad, te pagaré.

Petro la miró extrañado. Precisamente ese tipo de miradas que ella odiaba.

-La ciudad es casi un día de camino, los animales tienen que descansar y comer. Solo hay un poblado de camino. Va a ser duro. ¿Por qué no se lo pides a Marvin? Su camioneta será más rápida

-Tengo que salir de aquí ya Petro. Por favor – suplicó Rudi.

-Te va a salir caro mujer – contestó.

-No importa. ¡¡Gracias, gracias, gracias!! –  respondió Rudi nerviosa.

 


 

El lobo blanco  volvió a olisquear entre las cenizas, tras él estaban el resto de la manada. Todos desalojaron la zona al ver llegar los coches, si les veían allí sería evidente qué había pasado en esa ladera hacía dos noches. El humano de la cara marcada había sido el más intuitivo y descubrió que Niem, el gran lobo alfa, le observaba desde lejos. Estuvo a punto de darle cuando le disparó. Pero falló. Lázaro estaba acumulando negativos en su cartilla. Era la segunda vez en su vida que no lograba su objetivo.

 


 

 

Marzo 1984

Orfanato de Santa Mónica

Barcelona. España

20:00

 

Sor Montse solía quedarse después de las clases un rato para ver los dibujos que los niños le hacían durante el día, eran unos tabardillos, no paraban nunca quietos y aunque eso normalmente molestaba a sus compañeras, a ella le daba la felicidad, verlos inquietos y llenos de vida era lo que más la llenaba de su vocación. Inculcar valores desde pequeñitos a los niños a los que la suerte les ha dado la espalda. Siempre pensó que aquel dicho de que las flores más hermosas florecen en las condiciones más inhóspitas era algo totalmente cierto, creía en eso y en Dios, por supuesto. Sor Montse miraba los dibujos intentando descifrar las cabecitas de los pequeños, y los posibles problemas subyacentes de los mismos. Siempre dispuesta a ayudar, siempre dispuesta a implicarse más allá de sus deberes. Lo daría todo por ellos.

El orfanato estaba completo, los embarazos no deseados y niños abandonados se habían multiplicado en los últimos años, además de las familias que no podían hacerse cargo de su prole. Nunca entendería eso, cómo traer al mundo una criaturita para luego desentenderse de ella. A sus ojos ese era el pecado más imperdonable.

Se colocó un poco el hábito dispuesta a levantarse de su escritorio y unirse a sus hermanas en la cena, guardó las láminas de sus chicos en el cajón de los dibujos y apartó un par de ellas que quería observar con algo más de detenimiento y preguntar a los niños a qué se debían esos arrebatos de violencia en sus garabatos.

Conforme se dirigía al comedor por el largo pasillo lleno de ventanas que llevaba a la zona de las hermanas, escuchó un par de truenos y estruendos al otro lado de las paredes, en la calle, estaba empezando a llover y lo asoció a eso. Pero cuando pasó por la puerta principal que daba la entrada a la zona escolar y a la recepción del orfanato un golpe en la puerta la asustó. El corazón se le iba a salir del pecho del sobresalto. Ella ya no tenía edad para esos sustos. Se asomó por la cristalera y no vio a nadie por lo que se disponía a continuar dirección al comedor cuando escuchó un gritito. Uno de un bebé.

Dio media vuelta sacando las llaves al tiempo y abrió la puerta.

Ahí estaba, dentro de una canastilla, un bebé, iluminado graciosamente por una farola que había justo enfrente y que daba a sus ojos una importancia especial, de un azul grisáceo  precioso. El bebé estaba tranquilo, casi sonreía.

Sor Montse suspiró. El mundo estaba cada vez peor. ¿Quién abandonaría a un bebé de esta manera? Eso ya solo se veía en las películas.

Se agachó y se acercó a la cunita de mimbre. El bebé sonrío. Sor Montse quedó enamorada de esa sonrisita. Y de esa serenidad. Ahí estaba su flor preciosa. Era una niña de unos siete u ocho meses según pudo comprobar y le acompañaba una notita que decía.

“NYHA”

 

-Bienvenida a Santa Mónica pequeña.- dijo mientras entraba con la niña en brazos y cerraba la puerta tras de sí.


 

Abril 1984.

Bucarest.

Rumanía

Unos ojos azules y sin vida miraban al cielo, el cuerpo ensangrentado de Rudi acababa de rendirse tras ser brutalmente golpeado y mutilado.

Ese callejón en la ciudad lo ocultaría unas horas al menos. Podría ser cualquiera, una prostituta o una drogadicta, ni siquiera abrirían una investigación. Lázaro se limpió las manos con un pañuelo de tela bordado y salió de la callejuela tranquilamente. No había obtenido ninguna información. Pero había saciado su sadismo con ella. Seguirán buscando. Luna debía ser encontrada.

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